Cosas de críos

¿Os habéis fijado en cómo se relacionan los críos de tres o cuatro años de edad? Lo hacen de un modo muy natural, aceptando o rechazando sin tapujos lo que les gusta o les disgusta. Juegan con quien les da la gana y a lo que les apetece, y dejan de hacerlo cuando pierden el interés, y crecen, y aprenden. Si les rechazan son pocos los que lloran… directamente enfocan su interés en otro objeto o posible amigo. Si no consiguen lo que quieren, tras una pataleta inicial (más o menos larga), centran la atención en otra cosa y vuelven a sonreír.

¿Qué nos pasa al crecer? ¿A dónde va esa naturalidad y ese saber sobreponerse? Los adultos podemos destilar desde rabia, agresividad, impotencia, envidia o celos a frustración, aislamiento, complejos y un sinfín de emociones o sentimientos negativos.

Según yo lo veo, siempre tenemos elección, fijarnos en lo negativo y albergar o dejar espacio dentro de nosotros para estas emociones, o deshacernos rápidamente de ellas, aprender, seguir mirando al frente con nuevos objetivos e ilusiones renovadas y no dejar de evolucionar.

Sí, de acuerdo, no siempre es fácil, al crecer nos volvemos sensibles a muchos matices que de pequeños quizá no somos capaces de apreciar, somos vulnerables a mil y una cosas… aunque francamente, cada vez me gusta más la actitud de los canijos, esa sinceridad aplastante y ese saber ilusionarse dibujando una sonrisa ante el simple movimiento de la hoja del árbol o el vuelo de una mariposa.

No es que los “enanos” no tengan sentimientos, es justo al contrario, los tienen a flor de piel, sin embargo saben quererse como nadie, son agradecidos a las muestras de afecto y destilan amor y pasión en todo lo que hacen. No juzgan a nadie por ser más alto o más bajo, más gordo o más flaco, más listo o más tonto… Aceptan a las personas por lo que son, aquello que les transmiten y tienen el don de saber ver el interior de la gente, o al menos aquello que vale la pena y les aporta… no en vano tienen ese candor y pureza que se pierde con los años.

Los niños son el reflejo de la bondad olvidada de los adultos.

Hay días, como hoy, en los que me ataca la nostalgia de esa niñez olvidada.

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